El año está ya por concluir, y por eso es aún más oportuno hacer referencia a lo que ocurre en nuestro ambiente y en los de afuera

David Escobar GalindoColumnista de LA PRENSA GRÁFICAHemos emprendido la ruta de diciembre, que pasa por la Navidad y concluye en el Año Nuevo. En nuestro país estamos ya en verano pleno, y el aire y la luz nos lo comunican a toda hora, con soplos frescos y con atmósferas de claridad abierta. Pero por encima de las señales físicas, la sensibilidad anímica se manifiesta a cada instante, recordándonos que esta es época de signos trascendentales, como el Nacimiento de Jesús de Nazaret, y de recuerdos inspiradores de nuestra niñez y de nuestra adolescencia. En el presente actual todo eso muestra un rebrote de inspiración que, más allá de las inquietudes de todo tipo que nos envuelven cotidianamente, nos hacen vibrar con el ansia de lo desconocido que está por conocerse. Este es tiempo de cambio, pero la Navidad se mantiene impoluta, como lo que es: nuestra hada madrina ideal.Diciembre es siempre mes de vísperas, y también es para nosotros, los que nacimos en El Salvador, mes de reencuentros, porque muchos de nuestros compatriotas migrantes vienen al país a reencontrarse con su gente en estos días tan impregnados de remembranzas entrañables. Los salvadoreños somos hoy ciudadanos sin fronteras, porque muchísimos compatriotas viven fuera de nuestros límites territoriales, y ese es un número que seguirá creciendo sin que a tal flujo se le avizore fin. Dicha situación nos ha venido convirtiendo en guardianes afanosos de nuestra identidad original.El Salvador ya no está perdido en el mapamundi, sino que, por el contrario, somos identificables desde cualquier latitud. Fabulosa ganancia histórica. Los Nacimientos campesinos siguen llevando la delantera entre los símbolos nacionales. Y las pupusas de comal surgen en el horizonte culinario mundial como una imagen sin límites. A raíz de todo esto y de muchísimas imágenes más que salen al paso siempre que activamos la memoria, en las jornadas decembrinas se nos acumulan sensaciones de pertenencia sin fin, al tiempo que las circunstancias florecen a nuestro aldededor, como si cada vida, aquí o allá, tuviera un jardín propio y compartido a la vez. La Navidad es, pues, el mejor momento del año para reencontrarnos con nuestras memorias y con nuestros anhelos. Tenemos que aprovechar tal oportunidad de vida feliz.En esta atmósfera de nostalgia es preciso, dadas las circunstancias actuales, replantearse el esquema real de vida bajo el signo del cambio. Un cambio que es consciente, y que en eso es muy distinto a...

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