Pero la vida nos tenía una sorpresa

Fecha de publicación17 Abril 2024
Ana María Herrarte
Consultora
En mi columna anterior compartí algunos recuerdos de mi vida durante los cinco años, desde que nací, que pasé visitando a mi papá en la cárcel, cuando él cumplía una pena por un delito que no cometió. Y por los mensajes que recibí, creo que cumplí mi propósito, el de inspirar; tanto que le he dicho a William que quizás algún día voy a escribir un libro, como él me lo sugirió. Y para quienes me han pedido saber cómo terminó la historia de la cárcel, aquí está el final.
Mi papá fue condenado a 25 años de cárcel el 28 de octubre de 1948, él se casó con mi mamá el 28 de mayo de 1953, cuando le faltaban dos meses para cumplir 17 años, como un ejemplo de amor incondicional. Yo nací en 1955. Esto significa que mi mamá se había casado con un hombre que pasaría los próximos 20 años tras las rejas, y que yo cumpliría mis quince años siendo la hija de un preso.
Pero la vida nos tenía una sorpresa. En 1959 cuando falleció una abuela de mi mamá, debido a que no dejó testamento, ella tuvo que buscar los servicios de un abogado para reclamar su herencia y, existen los milagros, este abogado había estado en el momento en el que mataron, en lo que creo fue una guerra civil, a la persona por cuyo asesinato condenaron injustamente a mi papá, pero él salió del país y nunca supo que había un inocente en la cárcel. El abogado redactó una carta autenticada detallando cómo sucedió realmente el acontecimiento, muy diferente a como aparecía en el proceso legal. Mi papá finalmente recuperó su libertad y así lo relata en su libro:
"Ese día, 22 de noviembre de 1960, le pedí al Mayor Guerrero que reuniera a todos los reclusos frente al Teatro José Valdés y cuando llegaron les dije con palabras emocionadas que me iba libre, manifestándoles que sentía alegría por salir y tristeza por dejar tantos amigos dentro de aquel recinto. Cuando iban a fusilar a Ricardo Castro, yo hice la promesa de que si no lo ejecutaban, me atravesaría de rodillas desde el Teatro José Valdés, en donde ahora estaba, hasta el altar de la Virgen de las Mercedes, situado a unos cincuenta metros. A Ricardo no lo fusilaron y les manifesté que si no había cumplido todavía la promesa era porque no quería que me...

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